La tierra es un dibujo; el más curvo, el más suelto,
el más pico y el más valle, el más variable e impredecible,
el más antiguo y el más vigente.
La tierra registra a cada momento un hierático vibrato, sobrepasándose a veces para hacerse sentir como si la viéramos, hace rato dejamos de verla madre para mancillarle la voluntad, para robarle la historia que tejió en la piel y las entrañas, pero sus cuartillas siguen escritas y visibles, siguen tan notables…siguen siendo.
Desde arriba todo se aprecia pronto, ella se sube y se baja, ella da la vuelta izquierda, derecha y en U, cae apresurada y se apacigua, no sigue medidas ni trazos graduados, describe un ritmo por las enramadas, por esas líneas ondeantes en el paisaje como grietas, caminos milenarios que el agua fue tejiendo para abrirse paso hacia la inmensidad.
Ella lo sabia todo, desde antes del primer organismo vivo: Y qué imponentes! cuadriculándola, contabilizándola, abarcándola, repartiéndola, como si ella no se perteneciera, como si se ofreciera al precio de la ignorancia y el olvido.
Y quien fue el primer dueño?
Ella, a sus anchas se levanta, se arruga, susurra y se agita, se-suna-mi, se avalancha y terremotea, se-quia, se arde y erupta con gracia, sus ritmos no podemos rectificar aunque registramos cada tremor; son suspiros cuando está de buen humor y nos regala una brisa, son ya las cuentas vencidas cuando se harta y nos sacude.
Desde arriba todo se ve: lo que hacemos, lo que le hemos hecho y lo que nunca podremos hacer… haciendo o deshaciendo.
La tierra es un dibujo de hace rato, redibujado y vuelto a dibujar…la montaña, un edificio sin paredes… acaso no es el río una carretera sin afán? el viento un murmullo apenas… y sin escala. El fuego…un televisor de un solo canal que da la misma señal a todos los seres, todos lo saben encendido, expandido… o extinguido; la tierra reseca es como el jardín con un dueño fugitivo…o desplazado; el árbol caído: un cabello de Dios o una casa demolida con arrojo…el del tiempo.
El planeta, la tierra, la casa: la obra de Dios.
El animal, el hombre, el ser humano: el pedazo de Dios.
La montaña, el árbol, la rama, la hoja: la obra de Dios.
El vacío: La estancia de Dios.
Infinita la tierra que creemos inventariada, siendo invisibles sus entrañas, siendo insondable el mar, siendo indemostrable su edad, aun así definimos el líquido que contiene con átomos incluidos.
Quien asegura que existen? Quien se atrevió a contarlos?
Desde arriba todo se ve mejor, el Nazca lo sabia y trazó los mapas, la humanidad lo sabe y mira al cielo cuando invoca lo divino, escarba de la tierra ilusiones cortas, y se esconde en ella como creyendo que Dios no puede ver, como si El no fuera la mismísima tierra y más…
Illapa resurge, esta vez para curar la aridez mental que asalta a la humanidad, para refrescar su pensamiento con el brote de un antiguo sentimiento: el de corresponder a la tierra.
Viene Illapa…la recuperación del tiempo perdido, la enfermera del renacimiento tardío, viene, tan callada, casi imperceptible, adentrándose a la casa de todos sin ser vista, se ven los niños mas vividos que los padres, se ven los menores, mas afines que los mayores… se ven los mayores… mas escépticos al cambio que comenzó con la información, cuando la tierra por fin pudo crear el átomo que abriría el tercer ojo de los mas jóvenes y los hizo mas propensos a la posibilidad.
Es Illapa, la oportunidad de creer que todo es posible desde adentro, la confirmación de la palabra en el destino de las cosas, la validación de un sueño humano, que se creyó solo sueño, y defraudó la ilusión de los mejores años; los niños que envejecieron no la comprenden o lo niegan: sin ser su culpa es la culpa de todos, porque todos se negaron el derecho de seguir soñando.
Sentir Illapa, es permitirse encontrar una buena onda para los transeúntes de nuestros ratos, para dar un ritmo continúo a la paz mental que necesitamos tanto; un derecho reservado y muy intimo de admisión a las energías que lanzan aquellos “arrítmicos agudos y severos” los que están por fin, en vías de extinción.
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